En este camino por reinventarnos y coger perspectiva, emergen y vuelven una infinidad de corrientes vitivinícolas movidas no por una cuestión de tendencia puntual si no por un cambio en la forma de pensar.
La uva cada vez llega más madura a bodega en un contexto donde se apremia la búsqueda de frescor y graduaciones más bajas. Es aquí donde la enología y la viticultura confluyen con más fuerza con el fin de ser más precisos en campo y más coherentes en bodega.
Los requerimientos de la planta no han cambiado pero las condiciones climatológicas y el entorno sí. El aumento de la exposición solar afecta a las características organolépticas de la uva, favoreciendo un perfil donde predominan compuestos aromáticos florales con sensaciones dulces y untuosas en boca. Ciertas prácticas vitícolas como es el sombreado adquieren más fuerza con el objetivo de preservar compuestos aromáticos cítricos o minerales que mantienen una acidez punzante favoreciendo sensaciones más atlánticas que mediterráneas.
El control de la canopia permite también desviar la acumulación de azucares a otras partes de la planta y reducir el grado alcohólico de una forma regulada sin perder el potencial cualitativo de la uva que va a hacer que la calidad del vino mantenga su composición aromática y estructural sin perder grasa ni volumen en boca.
Dentro de la diversidad y nuevos estilos de vino, hay vinos que no buscan un perfil aromático intenso ni concreto si no que quieren que el vino hable por sí solo, que cuente su historia; cuál es su región, qué tipo de suelo y textura tiene, cuáles son las practicas vitivinícolas y enológicas establecidas y que culmine generando una emoción que plasme todo ese recorrido. Porque el vino no se mide por su intensidad si no por los recuerdos y las emociones que despierta.
Hoy se redefinen prácticas como la extracción en tintos o el prensado en blancos buscando una mejor adaptación a la matriz actual de la uva que se caracteriza por una rápida acumulación de azúcares, menor volumen de baya y acidez total más baja.
Las características sensoriales, la textura y la tensión del vino se determinan desde el campo buscando perfilar levemente en el proceso de elaboración y crianza.
Hoy no existen límites, solo existen las ganas de sentir el vino en todas sus versiones.
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La elaboración de un espumoso de calidad superior es un ejercicio de anticipación. A diferencia de los vinos tranquilos, el “vino base” no es el producto final, sino la base técnica sobre la cual se construirá la estructura carbónica y el perfil aromático tras la refermentación (2.ª fermentación).
La longevidad en un vino espumoso no es una consecuencia accidental del tiempo, sino el resultado de decisiones enológicas coherentes desde el viñedo hasta el degüelle.
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Vinos de doble filo
Vas a empezar a leer y vas a pensar “qué típico”, “qué tópico”.
Pero es verdad.
Es verdad que cada vino cuenta una historia. Una historia que empieza mucho antes de descorchar la botella.